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Miguel Núñez

 
 
© Miguel Núñez Torres
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HERENCIA SOCIAL

HERENCIA SOCIAL:
ANOTACIONES SOBRE ARTE, SOCIEDAD Y DESASTRE

Rubén Pérez Trujillano

Relataría con gusto cómo conocí a Miguel Núñez Torres si no fuera porque resulta imposible. A veces la vida es gentilmente caprichosa y dispone a dos amigos desde la más temprana infancia para que se quieran, se acompañen, se apuñalen y se laman, juntos, las heridas. Aparte de esta insólita circunstancia, pero precisamente por todo lo que ella acarrea, compartimos varias cosas. Por ejemplo, la incomprensión sufrida en silencio a resultas de un sentido del humor tan dado al esperpento. Como puede verse, estos datos sí admiten explicación. No sólo nos une el gusto por el vértigo del Albayzín o la permanente extrañeza que nos inyecta el Estrecho de Gibraltar. También está el arte y, por debajo de él, la caricia de la muerte siempre tan casquivana en los últimos ocasos de Sierra Morena.

Ahora ha cometido la imprudencia de pedirme que le escriba unas palabras para una colección de fotografías que raya con una región todavía insuficientemente explorada como es la poesía visual. Así es él. Después de arrebatar las culturas autónomas de las clases trabajadoras y las autóctonas de los pueblos oprimidos, el capitalismo nos arroja a una infantilización que nos somete a un estado de degeneración cultural y moral sin frenos. Luego la irrupción de este libro es una buena noticia, y tener la oportunidad de reseñarlo un motivo de alegría. 

 I

Lo primero que quisiera resaltar es el título. Herencia social es un pleonasmo que aúpa dos fusiones conceptuales de relevancia. De una parte, incluso en sentido jurídico, la herencia implica la transmisión de la titularidad de ciertos bienes, derechos y obligaciones tras la muerte de su titular, por deseo expreso de éste. Además, es aquella porción que forzosamente, por imperio de la ley, corres- ponde a algunos parientes del fallecido al margen de su voluntad (la legítima). En resumen, la herencia pasa a integrar el patrimonio del heredero con carácter privativo y excluyente. Sin embargo, de otro lado, lo social enlaza de lleno con la negación de la idea anterior: no puede haber herencia puramente individual ya atendamos al punto de vista del sucesor o al del testador y la calificación de una herencia recibida como legítima o ilegítima ha correspondido con anterioridad a un sujeto extraño. Así las cosas, Herencia social es una rúbrica que alude a la inmanencia de lo individual y lo colectivo.

Al mismo tiempo, Herencia social llama la atención sobre la causa de toda herencia. La muerte. Si las personas perecen, también así los regímenes, los sistemas y los paradigmas. Con ellos, las personas otra vez. Nada es alegórico; tal es el contexto de desastre y la reacción neoliberal conservadora que traza los proyectos de futuro al calor de una junta de accionistas. Pero la obra de Miguel Núñez estimula menos la ruptura del páramo que la desnudez del mismo. Nos lo muestra cuando, empantanados en la rutina, la miseria y el fascismo nos llegan al cuello. Por perder hemos perdido hasta el sentido de la tragedia. Nuestro sistema pasa de la corrupción al terror y del terror a la corrupción. Hablar de la virtud espanta. Ahora bien, el duelo debe tornarse oportunidad: páramo no significa abismo, por mucho que la decadencia en ascenso se asemeje alarmantemente a la descrita por Pier Paolo Pasolini en Saló o los 120 días de Sodoma. Hora es de que el arte vertebre modos nuevos de crear disenso, allende el inconformismo estéril y la actitud panfletaria. Que aleje la ensoñación y avive los sueños basados en el bien común. Miguel Núñez ha iniciado esta senda con el presente libro. Sus fotografías pretenden socializar la responsabilidad que tenemos en la recuperación y la reinvención, tras (durante) la hecatombe de aquello que ni elegíamos ni éramos nosotros. Miguel Núñez nos lleva de la mano a una relación estética (ética) con la realidad, que empieza definiendo el objeto y termina provocando una creación y una recreación de nosotros como sujeto.

Por tanto, enigmático o no, creo que el título de la obra es en sí edificante: descubre la secuencia que un elenco de fotografías va a narrar. Miguel Núñez ahonda en el propósito que esbocé humildemente en mi poemario La tierra en abril. El punto de arranque era una reivindicación del amor como medio histórico concreto para asimilar y aprehender la realidad desde las regiones de la poesía. En esta ocasión, Miguel Núñez asume la misión de democratizar la producción y la recepción de imágenes que, como mensajes y compendios de sensaciones que son, exigen el esfuerzo interpretativo del sujeto, que de este modo contribuye a su creación. Por medio de este camino, favorecido por la técnica de la fotografía, se busca avanzar a salvo de la cultura de masas y la amenaza perenne de un mercado capitalista cada vez más histérico.

 II

Con Miguel Núñez asistimos a un empleo de la tecnología que, lejos de proponerse el dominio de la naturaleza y de la realidad social, aspira a quitar el velo con que la indolencia enclaustra nuestra mirada. Sin duda privilegia el valor de uso de las fotografías frente a su valor de mercado, para lo que ha tenido que rescatarlas de las modas comerciales siempre tan perniciosas para el arte. En algunas fotografías la propia historia comparece como testigo de cargo sin necesidad de grandes construcciones ideacionales o simbólicas. Claro está que esa presencia lo es intelectual y no tanto gráficamente. No en vano interesa más la potencia política del arte que la asimilación artística de la política.

En otras, por el contrario, es el montaje, la fusión, el diálogo o el desencuentro entre lo incompatible y contradictorio, lo que ayuda a generar la ilusión o el panorama de que las cosas, por artificiales, superficiales o ajenas que se nos antojen, siguen testimoniando el conflicto que subyace en cualquier faceta de la vida. En más de un caso la experiencia del fracaso acompaña a lo evidente. En este sentido el aura de cada fotografía depende fuertemente de su éxito en el momento de alumbrar la brecha entre signo y referente, entre continente y contenido. Dicho con otras palabras, el modo en que se dé forma que no resolución a la dialéctica entre, por un lado, el deseo o la impotencia del sujeto y, por otro, la indiferencia o incluso la violencia de una realidad que tiene en su transitoriedad el germen del hastío pero también de la esperanza.

No hay que olvidar que cuando el fotógrafo se sirve de la tecnología -máxime si se trata de un artista, como Miguel Núñez, en permanente estudio-, nos está obsequiando una visión alienada y cosificada, parcial, una simple y a la vez prolífica “segunda naturaleza”, por seguir el concepto de Georg Lukács. Al fotografiar el mundo imprime sobre él un determinado campo cultural, sentimental e ideológico -si es que pueden distinguirse-, y al manipular la materia con su destreza artística pone de relieve una voluntad de poder sobre las relaciones de la humanidad entre sí y con la naturaleza. Me atrevo a decir que ese poder, desconocido e inmensurable, variará según se produzca o no la toma de conciencia -precedida sin duda de una toma de consciencia- por parte del receptor de las imágenes. En cualquier caso, estará convocado a una tarea intelectual y sensitiva en sí misma valiosa por cuanto es cultivo de una sensibilidad estética basada en la necesidad y no en la mera satisfacción. Y el fin no es otro que discernir el estado de su condición individual y de su clase social en el momento actual del capitalismo tardío y la sociedad burguesa que, decadente y atropelladora, ha roto unilateralmente los más elementales pactos para la convivencia. Porque, como afirmara Lukács “el proletariado es al mismo tiempo sujeto y objeto de su propio conocimiento”. Tal es mi experiencia con las fotografías de Miguel Núñez.

Dada su función de agitación, en la mayoría de las piezas prima el ejercicio intelectual -no sólo de interpretación- frente a la opción de la cámara fija ante el fenómeno, que registra acríticamente lo que se cruza delante de ella. Herencia social reproduce la realidad conforme a los códigos de la belleza y los códigos de la justicia -siempre según Miguel Núñez- y llama a sobre- poner el “ojo humano” sobre el “crudo ojo inhumano”, por parafrasear a Karl Marx.

 III 

En suma, Miguel Núñez enseña que no hace falta ver las cosas de otro modo ni abusar de la manipulación creati- va de los elementos que tenemos alrededor. Lo único que hay que hacer es mirar el mundo para que esa mirada humana revele, poco a poco, claves para resistir y puntos de partida para el porvenir. Si merced a estas fotografías nos chocamos con la roña que nos corroe es porque no tenemos memoria y sobre todo porque no estamos en lo que estamos. En definitiva, Miguel Núñez brinda unas pautas con las cuales mirarse es posible, y reconocerse como dominado el primer acto de conocimiento. Es un paso, pero como dice Pietro Ingrao “indignarse no bas- ta”. Al mundo hay que mirarlo de frente y, si no nos gusta lo que vemos, cambiarlo.

Absténganse, pues, quienes busquen réplicas asépticas o fórmulas de evasión. Porque no existen. El autor nos emplaza a una asimilación en términos artísticos de una realidad cuya transformación exige premura. En esto cuenta con mi apoyo. 

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